Sobraban testimonios de quienes decían haberlo visto. Unos decían que aparecía por la noche, otros que solo
se dejaba oír. Los comentarios sobre su gordura eran relativos y la base de su alimentación era todo un misterio. Según mi mamá ni siquiera existía físicamente,
pero mi papá decía que había que ir a buscarlo a la calle minutos antes de medianoche. Lo que nadie me había dicho, es
que el Viejito Pascuero podía usar anteojos de sol.
Cuando este personaje entró a mi sala de clases, yo tenía siete años. Todo el curso estaba atento a la entrega de los regalos con algún doble del señor ese que vive en el Polo Norte. Discutíamos a ratos si el que veríamos era el original o no, pero lo importante era la foto y el regalo. Cuando cruzó la puerta, brotaron todas mis dudas. ¿Por qué no era tan gordito ni tan canoso como estaba acostumbrada a verlo en todas partes? Este era bajo como mi papá y delgado como mi papá. Bajo el gorro colorado tenía el pelo crespo como mi papá y, como si fuera poco, con los lentes ocultaba sus ojos verdes... verdes como los de mi papá.
Tanta coincidencia despertó mi faceta de detective... En un arranque de profesionalismo, pensé que las apariencias engañan, pero la esencia de la verdad permanece oculta hasta que se revela en el momento adecuado*, y yo lo iba a esperar.
Cuando fue mi turno de ir a buscar mi regalo todo tuvo sentido: este Viejito usaba el mismo perfume que mi papá y me abrazó igual que mi papá. Lo único que no calzaba eran los lentes oscuros, pero ahí comprendí que sin ellos, su identidad quedaría al descubierto fácilmente. En el segundo que me tomó girar para regresar a mi puesto, decidí apoyar el trabajo secreto de mi papá y fingí que no sabía nada. ¡El Viejito verdadero estaría orgulloso de mí!
Me fui a casa con mi mamá, la muñeca nueva y la verdad entre mis manos. Mi papá ya estaba en casa y me preguntó qué tal la celebración. Todavía tenía rastros blancos de la peluca sobre la cabeza, pero no era prueba suficiente para inculparlo. “Bien, mira mi regalo”, le respondí mientras me dio un abrazo de esos que ya reconocía. Lo que no percibió es que justo detrás de él, sobre el mueble de la despensa, había unos lentes de sol. Los mismos del Viejito Pascuero. "Él no tiene los ojos verdes y es más gordito, pero nadie se dio cuenta y yo tampoco te delaté”.
*"La ciudad de las bestias", Isabel Allende.