Podía ocultar, bajo cada pincelada de rubor, los estragos que el tabaco y las lágrimas habían dejado en su desértica piel. Había cortado las cadenas con que la testosterona, la humillación y la culpa le condenaban a la desdicha, a cambio del aborrecible clamor que esos hombres borrachos podían ofrecer desde el público. A cambio de existir. A cambio del Emilio que nunca más volvería a ser.
Un hombre ballenesco cuyo torrente sanguíneo expelía incontables noches de atentados a la sola existencia, se levantó al finalizar la segunda canción y derrapó sobre el escenario dejando una estela de grasa hasta el pie del micrófono.
- ¡Que te calles, engendro de bolas! -le espetó a Fernanda.
- ¡Seguridad! - gritó ella, fingiendo que existiera siquiera alguna mínima medida de resguardo.
Nadie se inmutó. Ni los borrachos de la primera fila, ni las otras chicas que esperaban su turno ni la encargada que estaban contando billetes apoyada en la barra. El hombre vomitó sobre los tacones de Fernanda con una arcada tal que se confundió con el inicio de la siguiente pista. La artista sacudió sus pies impávida, inhaló y se dejó drogar por la fantasía y la evasión. Si se lo preguntan, fue la mejor presentación de esa noche.
