Ella era la mujer más linda que había visto nunca. Me eligió decidida y me tomó con sus delicados dedos para que la vendedora me pusiera en una bolsa.
Al oscurecer me llevó a su habitación. Sus labios eran el lugar más electrizante en el que quería estar para siempre. A medida que me deslizaba para fundirse con mi tono N° 245, tuve que contener todos mis impulsos para no derretirme. Supe que la amaba desde el primer trazo desde el arco central hasta las comisuras y que me habían fabricado únicamente para ornamentar su boca. Me envalentoné y le apliqué mi producto sobre las llamas de su boca con fuerza. Nuestro encuentro culminó con un sonoro beso que lanzó frente al espejo para comprobar que el resultado era satisfactorio.
Eso pensaba, hasta que apareció él. La traía tomada por la cintura y le besaba el cuello. Ella no se resistía, aunque tampoco se veía dichosa. Se lanzaron a la cama y tuve que ver, sin posibilidad de escapar, cómo ese hombre la desnudaba y conocía con sus manos y boca los rincones de su cuerpo a los que yo jamás podría acceder. Se revolcaron un tiempo entre las sábanas hasta que no quedaba en mí más que desazón. Él se vistió, le dijo que la volvería a llamar en los próximos días y antes de abandonar el departamento le pasó unos billetes que ella guardó inmediatamente en una caja dentro del armario.
Y es que cada noche mi agonía se repetía, pero cambiaban los hombres. Quise romper mi sistema de giro para que ella me desechara y huir de mi calvario, pero sin manos no supe cómo lograrlo. Estaba condenado a tener que observarla sudada, agitada y desnuda para otros, a conformarme con decorar sus esculpidos labios sin recompensarme con su amor.
