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El café y la neblina

La cafetería parecía el sitio perfecto para decantar entredichos. Un espacio público sin cabida aparente para alborotos y con la comodidad suficiente para sacar de la garganta todo lo que ambos habían almacenado por varias semanas. Eligieron una mesa pequeña junto a la ventana y se sentaron mirándose tan cómplices como antes, tan desafiantes como el presente y mucho más cuerdos que después. Inés sacó de su bolso un sobre y se lo entregó. Ricardo lo abrió y reconoció enseguida el contenido lleno de pasado. Agradeció en voz muy baja y lo guardó nerviosamente para nunca más nombrarlo. Respiró profundo, tomó el rumbo de la conversación y por eternos minutos divagó sobre actualidad, deporte, música y otros temas, de los que Inés ninguno comentó. Paulatinamente su expresión se tornó seria, tensa, decepcionada. Le apremiaba conocer la verdad. Justo una hora desde el inicio del sordo monólogo, Inés cogió su bolso con decisión, se levantó y caminó a la salida. Ricardo replicó su actuar intentando alcanzarla, hasta que Inés dio media vuelta. Media vuelta hacia el comienzo del enfrentamiento más intenso, duro y quizás honesto que vivirían jamás.

La herida silenciosa duró varios días. 

La oscuridad y la neblina hacían que la parada de autobús fuera un oasis luminoso, en cuyo centro Ricardo y Inés se miraban nuevamente frente a frente. Entre sus ojos se entabló un diálogo frío y profundo, en tanto que de sus labios brotaron palabras huecas. Algunas personas presenciaron la escena mientras subían o bajaban de los autobuses. En ningún momento se apartaron sus miradas. Las lágrimas contenidas en los ojos de Inés le indicaron a Ricardo que debía volver en sí. Se despidió y se alejó a paso firme hasta casi desaparecer en la oscuridad. Inés le llamó justo antes de perderle de vista y él regresó para saber qué ocurría. En el claroscuro del camino, Ricardo respondió el beso repentino que para Inés marcaba el final de su batalla, la promesa interior de ser el último entre ambos. Sin mirar atrás, Inés regresó a la parada y subió al autobús con el llanto de rehén, desconociendo que en aquella historia recién comenzaba un capítulo lleno de contradicción.

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