Querida (y dolorosa):
El silencio me ensordecía. La petición que te hice se había cumplido al pie de la letra. Distancia. Mi mundo parecía girar frenético, en una tormenta caótica de posibilidades que se estrellaban contra la cruda realidad. Aquella realidad. Esta realidad. Me atormentaba pensar en lo fácil que parecía para ti manejar la situación. Comprensión, incredulidad, indiferencia, empatía, amor. Eran demasiadas las razones posibles. ¿El camino hacia el vacío o la senda directa hacia la plenitud que tanto anhelaba? Quizás ya la había encontrado. Tal vez la había perdido en algún momento y era ahora el momento de recuperarla. Arriesgarse a sumergirse en lo desconocido.
El recuerdo de tu perfume, de tu cabello y de tus sonrisas desbarataba cualquier intento de coherencia. Nuestro primer y único encuentro había sido suficiente para poner en tela de juicio su propia existencia. O quizás no.
El transcurrir de las horas, tan anheladas para alcanzar la estridente revelación, estuvo marcado por todo, excepto por el silencio... Excepto por ti.
