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La maleta del pecado

La hermana Mercedes arrastra a duras penas una maleta desgastada y su corazón desbocado la obliga a no claudicar. Otra monja la observa con recelo entre las penumbras del alba. Pareciese que huye, pareciese que roba. Con la prisa sobre sus hombros, la hermana Mercedes tropieza y suelta la maleta. De ella cae un objeto, mas no advierte la pérdida de su carga y abandona a paso firme el convento. Su compañera en tanto, brinca rápidamente para recoger el objeto. Ante sus ojos no encontró un lujoso cáliz, tampoco ropa ni figuras religiosas... sino una mano putrefacta.

Cuando todas las religiosas salieron al pasillo para la oración matutina, vieron entre gritos gregorianos de horror las huellas sangrientas de las ruedas de la maleta. La madre superiora inspeccionó la habitación vacía de la hermana Mercedes, en cuyo armario aún quedaban harapos de la casulla del padre Elías.

La única testigo de la fuga había guardado en su bolsillo la mano del crimen durante horas. La apretó con escandalosa devoción y le pidió a Dios que le protegiera de todo mal.

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